Preguntas para la abstención I

En todo proceso electoral, la abstención favorece siempre a los que tienen decidido no abstenerse por nada del mundo. Parece un planteamiento  de ‘Perogrullo’, pero las consecuencias políticas de tan obvia determinación comprometen la marcha de las instituciones democráticas.

Europa y sus representantes nunca han levantado expectación entre los habitantes del Viejo Continente. Y España no es una excepción. El índice de participación en los comicios europeos son los más bajos de cuantas consultas se realizan en los países de la Unión.  Si la mitad del censo se acerca a las urnas, la consulta puede considerarse todo un éxito. Lo más probable es que no haya más de un 40 ó un 45 por ciento de almas caritativas que asuman su responsabilidad de electores.

Es verdaderamente sintomático constatar que, a medida que la Unión Europea se ha ido extendiendo, aplicando ese concepto abstracto que quiere atraer a nuevos socios bajo el eslogan de la Europa sin fronteras,  los habitantes le han dado la espalda a las urnas, cada vez en mayor proporción.

La primera vez que los europeos eligieron parlamento fue en el año 1979. En aquella fecha, sólo 9 países formaban parte del selecto club. El  62 por 100 de los habitantes con derecho a voto respaldaron la iniciativa.  A partir de entonces, la abstención ha ido aumentando proporcionalmente al número de países que se han ido incorporando a la Unión. En 1984, la Europa de los 10 consiguió que sólo  60 por 100 de los votantes decidiera con su voto la composición del parlamento. En 1989, ya con una Europa a 12, incluidos España y Portugal, las cifras arrojaron, de nuevo, un elevado índice de abstención. Sólo votó el 58,4 por 100 de los electores. En 1994, con los mismos socios, se volvieron a perder otros dos puntos, y la participación se cifró en el 56,7 por 100. La niña bonita tampoco asomó en 1999, con una Europa a 15, más bien todo lo contrario, pues fue el año en el que el bajón en el índice de participación fue más espectacular. Si, lustro tras lustro, se estaban perdiendo de media unos 2 puntos, la última consulta convocada en el siglo XX, arrojó un bajón de casi 7 puntos y, por primera vez, no se llegó al 50 por 100 de participación, quedándose en un pírrico 49,5. Y no se ha vuelto a conseguir la participación de, al menos, la mitad del censo convocado, pues en el año 2004, con la Europa de los 25 (todo el Este y las antiguas repúblicas soviéticas) votó el 45,4 por ciento de los convocados y en 2009, con Bulgaria y Rumanía luciendo en el balcón la bandera de las 12 estrellas, otros dos puntos menos, el 43,5.

¿Por qué la abstención es directamente proporcional a la ampliación? Buena pregunta.

Gabriel Sánchez, Profesor de la Facultad de Comunicación UFV. 

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