Crisis y Humanismo

Reflexión de  Luis Gonzalo Díez, profesor de la UFV

el grito munch

El grado de extrema politización del discurso público motivado por la actual crisis económica tiene muchas aristas y bifurcaciones. Una de ellas, la que aquí interesa, se relaciona con un hecho sorprendente, más o menos oculto, más o menos implícito en el debate sobre la crisis: el hecho de convertir el clásico argumento humanista en una forma de torticera y sibilina apología del neoliberalismo; de esos poderes y fuerzas, auténticos gigantes sin entrañas de nuestra época, que nos han llevado, en un acto de infame egoísmo, a la postración más injusta.

El “viejo humanismo”, al que Javier García Gilbert ha dedicado un magnífico libro (Sobre el viejo humanismo, Marcial Pons, 2010), hablaba del hombre en términos de dignidad, de libertad y de deberes. Esta concepción filosófica, moral y antropológica se condensaba en el famoso conócete a ti mismo. El viejo humanismo, según explica García Gilbert, la tradición que engloba a figuras como Sócrates, Platón, Cicerón, Virgilio, Séneca, San Jerónimo, San Agustín, Dante, Petrarca, etcétera, poco o nada tiene que ver con el moderno humanitarismo de los derechos, la igualdad y la felicidad.

¿Qué razones explicarían que en el mundo contemporáneo y, concretamente, en la presente crisis económica el argumento humanista, opuesto a una versión hedonista y complaciente del ser humano, volcado en extraer del hombre lo mejor que lleva dentro y cuyo prestigio a lo largo de los siglos ha estado vinculado a su idea elevada de lo que podemos llegar a ser gracias a la dignidad de lo que somos, se mire con desconfianza y escepticismo, con el recelo de quienes advierten en dicho argumento una máscara que estiliza el interés desnudo de los poderosos?

Vivimos tiempos de cruda politización. Una de las consecuencias de ello es que tradiciones morales como la humanista, que relaciona la libertad y la dignidad humanas con el conocimiento de uno mismo y el sentido del deber, y no con los derechos, la igualdad y la felicidad, entendida ésta como mera satisfacción de necesidades y apetitos, se saturen de significados e implicaciones políticas que deforman por completo su sentido y alcance. Hablar hoy de una libertad exigente, de una felicidad que vaya más allá del deseo, de una dignidad no emparentada exclusivamente con el reconocimiento extenso e igualitario de derechos; en fin, de una idea del hombre que asuma las ricas dimensiones psíquicas de su experiencia moral e intelectual suena francamente mal.

La crisis puede ser el caldo de cultivo para sobredimensionar nuestra condición de víctimas hasta el punto de reducir la comprensión amplia y desprejuiciada de lo que somos a una versión ideologizada y, por ello, reduccionista. Tal versión postularía que el fin racional de la sociedad consiste en asegurar y proteger nuestra existencia de cualquier imprevisto público. Que, para realizar dicho fin y las expectativas que crea, contamos con dos demiurgos: la democracia y el Estado de bienestar. Y que si estos demiurgos no logran realizar el fin para el que están destinados por el progreso, ello obedece única y exclusivamente a que su actuación ha sido pervertida por los oscuros manejos del capitalismo más depredador.

Esta versión de la actual crisis económica reconocería implícitamente que la sociedad es una máquina racional cuyo mecanismo democrático y protector garantiza buenos resultados. Y que la súbita paralización en la obtención de dichos resultados se debe a que malintencionadas decisiones tomadas por voluntades perversas han provocado el colapso de un mecanismo que, sujeto a su estricta lógica democrática y protectora, no puede generar más que lo racionalmente esperable.

La pregunta ingenua que cabe plantearse desde la tradición humanista es si el conocimiento de uno mismo, de los imponderables de la existencia, de los límites de nuestra voluntad y deseos solo vale para la vida privada, pero no para la pública. En la vida privada, todos sabemos que la probabilidad de la desgracia no resulta, ni mucho menos, desdeñable y que, ante ella, el escapismo voluntarista vale de muy poco. Pero, en la vida pública, el tipo de mentalidad segregada por la democracia y el Estado de bienestar y agudizada por la crisis parece abolir aquella probabilidad en el sentido terminante de negarla como algo con lo que tenemos que aprender a lidiar. Pues es un tipo de desgracia, se sugiere, cualitativamente diferente de la privada en tanto responde a decisiones concretas de hombres concretos, a las espurias intenciones de los terribles gigantes que gobiernan el mundo, a su particular ideología. La cual, no lo olvidemos, sería el veneno corrosivo que impide el normal funcionamiento de una sociedad asegurada, protegida en su dinámica racional por la pureza política de esos dos demiurgos llamados democracia y Estado de bienestar.

¿Toda la crisis, todo lo malo que nos está sucediendo debe abordarse desde la perspectiva de esta versión altamente ideologizada que divide el mundo entre una ciudadanía virtuosa y unas élites desvergonzadas? ¿Detrás de nuestras desgracias públicas está siempre la mano de hombres malvados? ¿No hay una parte de dichas desgracias que, quizá, tenga que ver con lo que algunos sociólogos denominan consecuencias no deseadas de la acción? ¿Tanto lo bueno como lo malo de nuestra vida pública responde a un designio predeterminado? ¿No resulta posible conjeturar que existen dimensiones de la experiencia social e histórica del hombre sometidas al dominio del azar, del mismo modo que hay percances, por ejemplo, familiares que carecen de explicación racional y son fruto del infortunio?

El grado extremo de politización actual invita a proscribir el azar de nuestras consideraciones sobre la crisis. Todo está claro, todo está explicado. Y si no salimos de la postración, es porque algunos no quieren que salgamos. El alivio momentáneo que podamos sentir con esta medicina no remedia el equívoco de pensar que, mediante más democracia y más Estado de bienestar, estaremos necesariamente a salvo de inclemencias. Como si un tipo concreto de instituciones y de práctica política asegurase en la vida pública aquello que no puede asegurarse en la vida privada: la domesticación del azar. O, dicho de otra manera, la construcción de una eternidad política capaz de volvernos invulnerables frente al no siempre favorable cambio histórico. Quizá, es que habíamos dado por indiscutible que la historia avanza en línea recta de manera inexorable, que nunca, desatada la espiral del progreso, se producen retrocesos y que, de producirse éstos, solo las malintencionadas decisiones de voluntades perversas los explicarían. Con lo cual, dichos retrocesos serían racionalmente comprensibles y políticamente subsanables mediante un simple acto de buena voluntad democrática.

La tradición humanista es, en el mejor sentido de la expresión, apolítica. Su apoliticismo la blinda respecto de la creencia en que existen recetas definitivas para los males humanos. La ética humanista, hoy políticamente incorrecta, no se empeñaría tanto en avalar una idea sustantiva de la perfección social e histórica como en fortalecer una actitud espiritual acorde con nuestra dignidad y, también, con los azares de la vida.

Al viejo humanismo, la fe moderna en el progreso y en una sociedad racional, sin grietas ni fisuras, inmune a los accidentes del tiempo le parecería una estafa, uno de esos engaños que impiden al hombre conocerse a sí mismo porque pretende tener garantizado todo aquello que la sociedad le debe. Los deberes, para el viejo humanismo, no recaen en la sociedad, ente abstracto y fácilmente manipulable, sino en las personas. Son éstas las que han de explorar la riqueza psíquica de su experiencia intelectual y moral para sacar lo mejor de sí mismas haciendo un uso responsable y orgulloso de su libertad. En tal exploración, que es la estimulada por el mejor pensamiento y la mejor literatura universales, el punto de vista exacerbado de la política puede provocar un desarreglo de difícil manejo. Pues, con una crisis económica tan terrible como la actual, dicho punto de vista puede victimizar hasta tal punto a la ciudadanía, ponérselo tan fácil a ésta a la hora de comprender lo que le sucede, elevarla a las alturas estratosféricas de una virtud sin tacha que las personas que integran esa ciudadanía terminen asumiendo una imagen reduccionista y no problematizada de sí mismas. Es decir, una versión complaciente y edulcorada que les impida ahondar, como diría el viejo humanismo, en aquellos pliegues de su vida y de su destino donde reposa el alto ideal de la naturaleza humana.

¿Cabe una lectura humanista de la crisis o cualquier lectura de este tipo, que gira en una órbita diferente de la ya cansina órbita política, no es inocente pese a que pretenda serlo pues hace el juego, de una forma u otra, a los infaustos poderes que dirigen el mundo? Si ello fuera así y el único lenguaje legítimo para abordar la crisis estuviese obligado a pagar el peaje de un cierto radicalismo humanitario y democrático a fin de no provocar disonancias en nuestros castos oídos, creo que habríamos dado un paso más no sé si en la dirección de nuestra actual perdición política y económica, pero, seguro, que en la dirección de nuestra sobreexplotada políticamente indigencia intelectual.

La indigencia responsable de no percibir cómo la victimización de la ciudadanía motivada por la crisis redunda en una visión devaluada, anodina y superficial del ser humano incluso en tiempos duros como los presentes. Reivindicar otra visión de lo que somos plena de dignidad, responsabilidad y exigencia no es hacerle el juego a las fuerzas del mercado. Es, simplemente, un acto de rebeldía contra el mostrenco y alicorto concepto del hombre que subyace a la transformación del humanismo en humanitarismo y al alto grado de politización que tal transformación implica.

La mezcla de una mentalidad democrática en las condiciones históricas del Estado de bienestar y de lo que algún teórico social ha denominado turbocapitalismo o sociedades de hiperconsumo con la actual crisis económica favorece un estereotipo humano donde queda absolutamente difuminada la riqueza y variedad de nuestra experiencia moral. Justo aquella riqueza invocada por autores tan sentimentales e indignados como Charles Dickens, el cual, por muy crítico que fuese con las injusticias de su sociedad, nunca obvió que las víctimas, los humillados y ofendidos, poseían un claro sentido de su honor e independencia. Que eran mucho más que seres dependientes en estado de necesidad. Que disponían de recursos morales e intelectuales propios para lidiar con el infortunio. La gran literatura dice algo sobre el hombre que pasa desapercibido hoy en día: primero, que la lucha contra la desgracia empieza en uno mismo, aunque no todo dependa de uno mismo en esa lucha; segundo, que los problemas de la vida son eternos, igual que es eterno el esfuerzo por tratar de solucionarlos.

Puede ser que entre los efectos imprevistos de la mentalidad democrática destapados y agudizados por la crisis se encuentre el de hacernos creer que, para cualquier problema de la vida, existe una solución y, al mismo tiempo, hacernos olvidar que, exista o no esa solución, lleguemos o no a ella, lo primero es adoptar una actitud que permita afrontar la coexistencia con dicho problema, sanar la herida antes de curarla. Entre no hacer nada y permanecer impasibles y dejarnos llevar por un activismo entusiasta, existe el término medio del conocimiento de uno mismo en mitad de la tormenta, que arranca de un juicio de acomodación a lo real. No de aceptación, pero, tampoco, de rebelión ni de negación de lo real. En esa acomodación, en cómo ejerzamos nuestra libertad ante los problemas de la vida, en la forma moral de encararlos, posiblemente nos juguemos una parte fundamental de su solución. Que siempre estará ligada, de una forma u otra, a la actitud adoptada frente a ellos.

Desde la perspectiva del viejo humanismo, la mentalidad democrática opera en nuestra contra a la hora de adoptar una actitud adecuada ante la crisis. Empezando por el hecho de que, al presentarla como el resultado de la acción de unas elites desvergonzadas, nos impide entender la parte no intencional, imprevista, azarosa de la misma. La crisis no tiene nada que ver con el azar, se nos insinúa, con la imprevista combinación de una serie de factores, sino con la ideología de unos pocos, pero poderosísimos desalmados que diseñaron tal combinación en beneficio propio. Siendo esto así, cualquier apelación a mantener una determinada actitud ante la crisis suena a transigir con ella, a no pedir responsabilidades a sus planificadores y a cargar con las penosas consecuencias de la acción de aquéllos mientras los culpables se van de rositas. Lo único que cabe hacer según tal planteamiento es abandonar el melifluo discurso moral de acomodación a lo existente y rebelarnos políticamente contra tamaña injusticia.

Aquel discurso significa errar el tiro porque los infortunios públicos no se relacionan hasta cierto punto con el azar, sino que son, de modo exclusivo, producto ideológico de decisiones concretas. Si todo es política, cambiemos de política para protegernos de la desgracia, sustituyamos las aviesas intenciones de las elites por la honestidad y la virtud del pueblo soberano. La diferencia esencial entre una y otra política, entre elite y pueblo se reduce, al fin, a un burdo contraste entre malos y buenos.

Somos rehenes de un lenguaje políticamente exacerbado que presenta los argumentos y apreciaciones de una tradición intelectual apolítica como la humanista como una apología más o menos encubierta de la ideología y los intereses responsables de haber desatado la crisis actual. Si cualquier matiz que introduzcamos en el debate sobre dicha crisis desde una perspectiva moral antes que política resulta ideológicamente sospechoso, convendría tomar conciencia del grado de embrutecimiento intelectual al que hemos llegado. Embrutecimiento favorable a las dinámicas de un sistema tan utilitario y materialista como el que hoy prevalece en el mundo. Pues la paradoja que encierra la lectura humanista de la crisis es que, al apartarnos de la política de la queja y aproximarnos a la ética de la responsabilidad, refuerza dentro de nosotros todos aquellos recursos morales e intelectuales que nos permiten mantener una cierta distancia e independencia respecto del tipo de sociedad en que vivimos. Respecto, en fin, de la ideología buena de la democracia y del Estado de bienestar y de la ideología mala del capitalismo depredador. Ideologías afines a la versión más simple, mostrenca y hedonista de lo que somos.

Lo que está en juego, por tanto, sería un determinado modelo de hombre y sociedad. El modelo utilitarista y materialista, vano y superficial de aquellos “especialistas sin alma y hedonistas sin corazón” de los que hablaba Max Weber o el modelo exigente y responsable de hombres emancipados, en la estela de los héroes plebeyos de Dickens, que son capaces de acomodarse a lo existente sin traicionarse a sí mismos ni dejar de mantener una actitud crítica y vigilante respecto de su medio social.

El viejo humanismo, con su poderosa visión del hombre, tiene algo que decir en la crisis actual. La política, hoy en día exaltada como problema y como solución de la crisis, no tiene la última palabra sobre lo que somos y aspiramos a ser. La verdadera y más punzante crítica de una determinada situación empieza siempre por el conocimiento de uno mismo, por, como decía Alexander Herzen, problematizarnos ante el “terrible tribunal de la razón”, que obliga a “renunciar a lo que amamos si estamos persuadidos de que no es verdad”.

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