Graham Greene: La campana de la fe y sus repicadores

Reflexión de  Luis Gonzalo Díez, profesor de la UFV

graham greeneGraham Greene es un creador de almas que cargan con el peso del deber aunque cuestionen dicha carga. Seres en busca de redención o sometidos al rigor moral de juzgar cómo sus actos y decisiones implican un daño determinado para personas concretas.

El universo de Greene gira en la órbita de la duda y la vacilación. Sus paisajes novelísticos poseen el simbolismo asfixiante de mundos mentales opresivos, sea el del México de El poder y la gloria o el del África de El revés de la trama y Un caso acabado. Ambientes donde se propagan enfermedades del cuerpo y del espíritu y donde se lucha sin demasiada esperanza contra ellas. Espacios febriles que Greene utiliza para armar un tipo de relato directo y cortante, sin prestar atención a lo que serían los aspectos más estetizantes de un cierto decadentismo.

La estética de la decadencia y su mirada densa y barroca sobre una realidad crepuscular es ajena a Greene porque su incursión en el mundo de la enfermedad, de las atmósferas mefíticas que fácilmente pueden causar la muerte o, al menos, la mutilación moral o corporal gira en torno al problema religioso del hombre contemporáneo. Es decir, a diferencia de un Thomas Mann o un Marcel Proust, Greene no está fascinado por la decadencia per se, sino como trasunto de su difícil y atormentada relación con la fe. Que apunta a una serie de preguntas fundamentales:

Cuál es el sustrato último de las creencias humanas, en qué materia fluctuante descansan éstas y cómo la ceguera respecto de los inciertos contornos de dichas creencias provoca efectos inesperados y terribles de dogmatismo, intolerancia y crueldad.

La fe de Greene no es la isla de la verdad de Kant. No es un horizonte cognoscitivo que regula, a modo de imperativo categórico, nuestras acciones. Más bien, es un hospital esquivo que se encuentra al final de un viaje por el río del alma donde, más que curarnos, dejamos de echar sal sobre nuestras heridas. La fe, incluso cuando se pierde o no se tiene, apremia al hombre pues es una campana poderosa. Su tañido confunde más que ilumina, pero aprender a escucharlo significa, en última instancia, aprender a escuchar el rumor de la vida. Aquí Greene se da la mano con Kafka, cuya manera de afrontar el problema religioso se parece a la del autor inglés. Para ambos, la verdad es la vida y solo en la vida podemos descubrir la verdad. Siendo ésta la escoria de la experiencia, el residuo mental donde yace la exactitud tambaleante e insegura de lo que somos.

Acercarse a la verdad de la vida, a lo que la fe representa para Kafka y Greene, implica aceptar sin grandes gestos, con interiorizado silencio, la absoluta carencia de un faro que resuelva, de una vez y para siempre, la incertidumbre en que vivimos. Por eso, Greene ambienta muchas de sus novelas en atmósferas opresivas, con el objetivo de resaltar lo complejo y difícil que es vivir, la áspera estirpe a la que pertenecemos, el nudo gordiano de los sentimientos, que la espada del deber nunca corta de manera aséptica y limpia. Arrastramos un fondo de culpa indeterminada e inexpiable que nos transmite la sensación de estar sucios, bañados en sudor, como si nos faltase un miembro para liberarnos del sueño que nos atormenta.

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Los personajes de Greene viven en el delirio de una fiebre que los caracteriza como seres mutilados, sonámbulos perdidos en misteriosas encrucijadas del sentimiento, de una piedad muchas veces, como diría Stefan Zweig, peligrosa. El destino beatífico de dichos personajes consistiría en armonizar sus inclinaciones afectivas con sus obligaciones morales. Pero tal destino no existe y, al final, la ruta del hombre pasa por asumir la escisión y, si puede, vivir con ella causando el mínimo daño.

El siglo XX entra de lleno en las novelas de Greene a través de un tipo de personaje muy definido. Si por un lado está la fe y toda su problemática, por otro lado están los vulgarizadores de la fe, de la verdad y de la vida. Estos últimos, con soberbia inaudita, soterrado orgullo y profunda desconfianza en sí mismos, hacen repicar la campana ante los demás para dar ejemplo de la fortaleza de sus convicciones. Son el polo opuesto de quienes asumen la fe o su renuncia de forma discreta y atormentada, sabiendo que no hay camino fácil para escapar de las dudas y que éstas forman parte ineludible de lo que somos.

Greene viene a sugerir que la distinción fundamental no es entre creyentes y no creyentes, sino entre los hombres que han entendido la complejidad de la existencia y los que niegan esa complejidad, proclaman un mundo justiciero de armonía sin aristas ni conflictos y subliman la escisión que representa toda vida humana cortando con la espada de un deber despojado de vacilación las contradicciones irresolubles de dicha vida.

Los repicadores utilizan la fe como una baza ideológica que les permite discriminar con absoluta seguridad entre lo blanco y lo negro, obviando los grises que jalonan nuestra existencia. Frente a ellos, los otros personajes de Greene definitivamente han perdido la batalla. Cómo la duda podrá esgrimirse con algún atisbo de éxito ante las declamaciones que afirman o niegan con decisión. La duda se adscribe al silencio porque, como decía Claudio Rodríguez, el verdadero dolor no hace ruido.

Greene halló en regiones remotas de México, África y Asia trasuntos de un espacio mental donde abordar a su manera, nada enfática y teórica, casi negligente por la parquedad de su irrepetible estilo, uno de los asuntos capitales del siglo XX. Esos entornos empobrecidos, de calor asfixiante, agitados por sangrientas revoluciones y bajo la férula del poder colonial le llevaron a bucear en la miseria moral del tiempo en que vivió. Al igual que Vassili Grossman, el novelista inglés también hizo la distinción entre el Bien y la bondad. En su caso, quienes hacen repicar la campana de la fe son todos aquellos que, en nombre de un bien superior, acaban con la bondad, el amor y la compasión. Sentimientos propios de personas que saben escuchar el tañido de aquella campana, pero se niegan rotundamente a hacerla repicar ante los demás. Y ello porque dicho tañido compete a cada persona singular y ninguna puede esperar que su forma de reaccionar a él sea de obligado cumplimiento para todos.

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Un autor como Greene, que se ocupa del problema religioso en un siglo como el XX, inevitablemente nos termina legando una lectura política de dicho siglo. Esos personajes soberbios, orgullosos, egoístas e inseguros que aparecen en sus novelas son inseparables de un torbellino histórico del que fue testigo privilegiado. Los escritores con fuerte sensibilidad religiosa, caso de él mismo o Georges Bernanos, percibieron con claridad dónde radicaba el punto de ruptura en las creencias dominantes de su época.

A Greene, como a David Hume, le interesaba qué cree la gente, cómo cree la gente y qué actos provocan las creencias humanas. Descubrió que la materia de esas creencias se había corrompido hasta la médula. Y no tanto porque la gente hubiese perdido la fe, sino porque literalmente había enloquecido con su fe. La indagación de Greene cobra todo su valor literario como un esfuerzo por reconquistar, frente a las seguridades enérgicas y expeditivas, el reino vital de la duda y la vacilación, ese mundo de grises sensible al ambiguo tañido de la campana, pero ajeno al voluntarioso repicar de la misma. Como si el espacio mental acotado por sus novelas sirviese para contrastar el duro e insatisfactorio oficio de vivir con la imperante realidad histórica de la política de la fe, en virtud de la cual la vida pierde su humanidad y se convierte en objeto de cálculo ideológico. Obligándosela a adoptar la forma que convenga a la horma del resentido fanático de turno.

Este género de dogmatismo que viola la ambigüedad de la vida haciendo repicar la campana de la fe, sea ésta del tipo que sea, con falsa e incontestable seguridad constituye el enemigo al que se enfrentó Green en su obra. Como escritor religioso que era, sabía que el trato con la fe es todo menos claro y que quienes se amparan en ella para imponer sus convicciones son unos hipócritas que terminan por deshumanizarla, por despojarla de las sombras que la constituyen y, en fin, por politizarla. El novelista inglés, como Kafka y Bernanos, no podía entender la fe al margen de la vida porque cualquier búsqueda de la verdad debe empezar y terminar en la vida. De ahí que la instrumentalización de la fe al servicio de empresas que poco tenían que ver con los contradictorios sentimientos humanos, que sublimaban con inquietante fiebre ideológica las contradicciones insuperables de nuestra condición, le causase horror.

Si la campana de la fe posee alguna resonancia para Greene es la de un sentimiento áspero y atormentado, lúcido y clarividente respecto del hombre. Siendo éste un ser complejo, cualquier tentativa de esquematizarlo y simplificarlo mediante categorías rígidas conduce al único desastre que debemos evitar a toda costa: el de entregarnos a una causa banal, intolerante y cruel. Precisamente el tipo de causas que sembraron de virtuosa barbarie la historia del siglo XX.

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