Turguenev y Chejov: Las contradicciones del sentimiento y la verdad

Reflexión de Luis Gonzalo Díez, Profesor de la UFV

La gran litturgenev_by_repin5eratura rusa no tiene otro asunto ni otra preocupación que la vida. ¿Cómo viven los hombres? ¿Cuáles son sus aspiraciones? ¿Por qué son tan inconstantes en la persecución de sus sueños? ¿Qué explica tantos desencuentros, frustraciones, brutalidad? ¿Acaso no existe la pureza en el mundo, la belleza misteriosa de los caracteres humildes y discretos, el idealismo de la juventud?

Turguenev y Chejov escrutan la vida desde las contradicciones del sentimiento y la verdad. Se preguntan, inquieren con una inteligencia despierta, pero, a la vez, apesadumbrada. Como si el paisaje de rostros y destinos que se abre ante ellos los llenase de dudas, sumiéndoles en una melancolía agridulce.

Sus relatos están llenos de tristeza y delicadeza, hablan de momentos claves de la existencia que sus protagonistas no perciben como tales y desaprovechan lamentablemente, pagando su falta de perspicacia con el peso de un recuerdo culpable que les acompañará siempre. También están llenos de vulgaridad y tedio, sucios espejos de la realidad humana por donde se deslizan los días en una agonía monótona, lenta, inexorable.

El escepticismo de Turguenev y Chejov no constituye una actitud teórica ante el mundo. Es el escepticismo sedimentado en la experiencia, la observación y la memoria. Un modo de ser, un temperamento de escritor que, al igual que capta la bondad, la belleza, el amor, la compasión, no puede dejar de reparar en los caminos torcidos de la humanidad, en las formas cotidianas de hacerle la vida imposible a los demás o de traicionar, por ofuscada desidia, el sentimiento de admiración hacia otra persona que nos ha deslumbrado por su sincera sencillezanton-chejov.

El hombre aparece en sus relatos como un animal viejo, un tanto exasperado, inmerso en monólogos que lo alejan de la  realidad en un ejercicio entre penoso y patético de solipsismo. No son los grandes vicios, sino los vicios ordinarios de ese animal obtuso y obstinado que es el hombre los que señalan con pesadumbre Turguenev y Chejov. Dos autores universales por la claridad de sus historias, por el sentido melancólico de las mismas, por su alejamiento de los tonos radicales y entusiastas, por moverse en los grises desde los que asumir las lecciones de las cosas.

Si algo redime al hombre de su incierto vagar por este mundo, es la inteligencia que concibe tal estado de postración como un aliciente para fabular sobre lo que somos. Y de esta inteligencia luminosa e imaginativa que nos llega en la forma de un resplandor inolvidable cuando leemos a Turguenev y Chejov, uno y otro dieron ejemplo con la virtud del maestro que desempeña su arte sin mentir.

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