Los ciegos y el elefante

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO. Colaborador habitual del Instituto Robert Schuman de Estudios Europeos.


¿QUIÉN NO HA escuchado alguna vez la fábula hindú de los seis viajeros ciegos y el elefante? Mi primer día en la clase general de relaciones internacionales en Columbia (Nueva York) en 1977, se la escuché al profesor William T. R. Fox, inventor del término superpotencia en un librito publicado en 1944, Superpowers.

A quien palpó el costado del elefante le pareció una pared. Quien empezó por el colmillo lo confundió con una lanza. El que se aferró a la trompa vio en él una serpiente. El que acarició la rodilla quedó convencido de estar ante un árbol. Quien tocó la oreja seguro estuvo de tocar un abanico y al sexto, agarrado a la cola, nadie le pudo convencer de que no era una soga.

En filosofía y teología la antigua parábola de la India, a partir de la versión poética de John Godfrey Saxe (1816-1887), se ha utilizado profusamente para advertir contra los riesgos de las verdades absolutas y de las creencias excluyentes.

El origen y la evolución del Estado Islámico (ISIS o Daesh) lo convierten en parte de un elefante mayor: un movimiento yihadista violento suní redivivo, cuya nueva naturaleza polimorfa hace que cualquiera de las respuestas en curso o posibles –militares, económicas, financieras, terroristas de Estado o de paramilitares, diplomáticas, policiales, de propaganda, psicológicas y humanitarias– resulten inadecuadas por separado frente a la amenaza que representa.

¿A qué nos enfrentamos? ¿A un embrión de Estado terrorista o a una insurgencia suní, perseguida por los regímenes de Bagdad y Damasco con ayuda de Irán y, cada vez más, de Rusia?

¿A un movimiento terrorista, heredero de Al Qaeda y del wahabismo saudí, o a una alianza de tribus, clanes y familias de Irak y Siria, dirigidos por ex oficiales del ejército de Sadam, que se echaron en brazos de los restos de la Al Qaeda en Irak como mal menor para, tras perderlo todo, defenderse de la persecución a la que están sometidos? ¿A todos a la vez y a otros muchos?

Los objetivos y las prioridades de los principales actores necesarios para acabar con la violencia en Siria e Irak y para empezar a arrancar las profundas raíces del conflicto son tan divergentes y, en muchos casos, contradictorias que cualquier estrategia, por fundamentada que parezca sobre el papel, resulta ineficaz a corto plazo.

Las teorías más antiguas de las relaciones internacionales, también originarias de la antigua India, sobre amigos y enemigos (el Artha-Sastra de Cautilya o Sanakia, siglo IV a. C.) han saltado por los aires en la antigua Mesopotamia y su periferia. Hay que buscar otro gran foro diplomático para diseñar algo mejor que Sykes-Picot (1916), pero ese foro requiere unas condiciones que el Elíseo y la Casa Blanca, con Putin o sin él, siguen lejos de ofrecer.

Como han señalado muchos internacionalistas, empezando por el francés François Heisbourg, estamos, probablemente, en los primeros años de una confrontación más parecida a las guerras de religión europeas de la era moderna que a las guerras de la Guerra Fría y de la Posguerra.

Se libra simultáneamente en muchos frentes y ha resquebrajado ya el modelo estatal impuesto durante la Primera Guerra Mundial en Oriente Medio, varios Estados artificiales de África como Libia, Sudán y Mali, y el equilibrio inestable mantenido hasta 1979 entre las ramas mayoritaria y minoritaria del Islam.

Un pacto entre las grandes potencias (EEUU, China, la UE y Rusia, sobre todo) sobre un nuevo orden en Oriente Medio y otro entre Arabia Saudí e Irán facilitarían una tregua regional y local, pero en la sociedad global de hoy tan importante o más sería un acuerdo entre las principales democracias sobre los límites de su carrera sin freno para ocupar los espacios sin dueño claro en la región que, aunque casi nadie hable de ello, está atizando las principales hogueras.

Cuando, este martes, Obama reciba a Hollande en la Casa Blanca, lo más importante, como casi siempre en diplomacia, será lo que no se puede decir: la obsesión francesa por competir como gran potencia en Oriente Medio, su deriva exterior autónoma de los intereses de Washington y de muchos aliados europeos, y su campaña contra Asad para reforzar su posición en las potencias suníes, desencantadas con EEUU desde el 11-S: 16.000 millones de dólares en armas vendidas en la región en los primeros 5 meses de 2015, más que en todo 2014.

Desde Sarkozy y sus más necios palmeros, como Bernard-Henri Lévy –nunca desperdiciarán un conflicto para convertirlo en guerra y desastre posterior– hasta Hollande hoy, tan necesitado de patriotismo bélico para evitar la derrota en las urnas a manos de la derecha, Francia siempre presentará su diplomacia del euro como algo secundario, marginal, frente a su liderazgo humanitario.

Cada vez que escucho «esto es la guerra», me acuerdo de la parábola del elefante hindú y Max Abrams, estudiante minucioso de todos los mensajes de Al Qaeda durante muchos años, me ayudó a entender por qué en la revista Harvard Business Review el pasado viernes.

Como en el 11-S, nadie sabe casi nada, pero, desde el taxista al camarero o al entrenador de fútbol, todos creen saber por qué nos atacan, sin pararse a pensar que más del 90% de las víctimas del terrorismo en el último año fueron musulmanes asesinados en cinco países musulmanes.

«NOS ATACAN POR lo que somos», dicen Rajoy, Hollande y la inmensa mayoría de los conservadores. «Por lo que hacemos», contestan voces minoritarias de la izquierda y las moscas cojoneras del sistema, con Noam Chomsky al frente, que suelen coincidir con la explicación de los que se atribuyen los atentados. Por eso es tan difícil de sostener, aunque contenga una parte sustancial de verdad.

«¿Cómo hay tanto listo cuando se trata de descubrir lo que pretenden o quieren los terroristas?», se pregunta Abrams.

A partir de la teoría de atribución de Fritz Heider y del modelo desarrollado en la psicología social por Edward Jones en los años 60 y 70, el profesor Abrams concluye, tras los últimos atentados en París, que «los humanos deducimos los motivos de los terroristas por las consecuencias observadas de su comportamiento violento, no mediante el estudio científico» de lo que hacen y dicen sus dirigentes y seguidores.

Por eso la explicación que se impone puede cambiar con tanta rapidez y de forma tan contradictoria. Siempre se nos había dicho que la gran diferencia entre el ISIS y Al Qaeda es que al ISIS sólo le interesaba su califato y que el terrorismo en el extranjero lejano era cosa de otros.

Fuente:  EL MUNDO


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