La Unión Europea y Reino Unido. Una historia conflictiva

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El Proceso de Integración Europeo atraviesa uno de sus momentos más inciertos. El euroescepticismo ganó en las urnas el 23 de junio con un escaso margen provocando la salida de Reino Unido de la UE, el llamado “Brexit” es una realidad. Para entender qué es lo que nos ha llevado hasta aquí, es necesario echar un vistazo a la historia de las relaciones de Reino Unido con las instituciones europeas.

Las reivindicaciones de Reino Unido de beneficios y un status especial como miembro de la Unión Europea no es algo novedoso. Desde el origen de la Comunidad Económica Europea en 1958, Reino Unido siempre ha marcado distancias respecto al proceso de integración y ha mantenido una actitud desconfiada hacia los demás socios comunitarios.

Ya en el siglo XX, los ingleses intervinieron tarde y con recelo en los conflictos de las dos guerras mundiales; y, aunque Reino Unido fue bombardeado, nunca llegaron a ocupar su territorio europeo, lo cual le ha dejado en una inusual posición, prácticamente única dentro de la familia de países europeos: aparte de Suecia, Reino Unido es el único miembro de la UE que nunca ha sufrido una invasión ni ha sido ocupado, desgarrado por una guerra civil o sometido por una dictadura. Por sí mismo, este hecho tiene un profundo efecto en la psicología social de muchos británicos.

En 1955, los seis países firmantes del Tratado de Roma (Francia, Alemania, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo) se reunieron en Mesina, Sicilia, para hablar del futuro de Europa. El debate se centró en cómo procurar al continente paz y prosperidad en lugar de la guerra y el derramamiento de sangre que habían sembrado el pánico en su suelo dos veces durante la primera mitad del siglo. Las deliberaciones no impresionaron al representante británico, enviado por el Gobierno conservador de Anthony Eden, que abandonó la conferencia afirmando: “De aquí no va a salir nada, y si sale, no funcionará. Y si funciona, será un desastre”. No le convencía el proyecto de aplicar un arancel exterior, que perjudicaría a su comercio con sus socios de la Commonwealth.

El Tratado de Roma se firma en 1957 y la Comunidad Económica Europea empieza a funcionar el 1 de enero del año siguiente. Londres pierde la oportunidad de modelar la nueva organización a su imagen y semejanza y deja el liderazgo en manos de Francia. Pero su respuesta no se hace esperar. La reacción británica frente a la creación de la CEE pasaría de ser indiferente a hostil por causa de su oposición a las estructuras federales y la necesidad de defender la Commonwealth, que se encontraba en un período crítico. En 1960, impulsa la creación de la Asociación Europea de Libre Comercio, conocida como EFTA, en inglés, en la que en un primer momento se integran Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Austria y Portugal. Europa queda dividida en dos bloques comerciales: uno, a seis y el otro, a siete.

Pese a esta modestia de medios y de propósitos, los resultados fueron excelentes, pues se logró un aumento del comercio exterior entre sus miembros de 3 522 a 8 172 millones de dólares entre 1959 y 1967. Pero es, al fin y al cabo, inferior si se compara con el aumento que se produjo en la CEE.

Este éxito económico de la recién creada Comunidad Económica Europea contrasta con el declive británico. Londres ya no quiere quedarse al margen de las decisiones de los principales países europeos. El comercio con los países de la Commonwealth disminuye y los intercambios con el continente ganan peso. Así, en agosto de 1961, el primer ministro británico, Harold Macmillan, solicitó el inicio de negociaciones para el ingreso del Reino Unido. Sin embargo, tras diversos intentos negociadores, el líder francés, Charles De Gaulle, resuelto a construir lo que él denominó una “Europa de las patrias” que fuera independiente de las dos superpotencias enfrentadas en la “guerra fría”, y receloso de la estrecha vinculación británica a Washington, vetó en 1963 el ingreso británico en la CEE. Cuando, en 1967, el gobierno laborista de Harold Wilson volvió a solicitar el ingreso en la CEE, el general francés volvió a vetar la adhesión del Reino Unido.

Habrá que esperar a la dimisión del general De Gaulle en 1969 para que se desbloquee la adhesión de Reino Unido. El Gobierno conservador de Edward Heath cierra el acuerdo y el Parlamento británico lo aprueba en octubre de 1971 por 358 votos a favor y 246 en contra. La votación pone ya de manifiesto las divisiones que provoca la pertenencia a la CEE, incluso dentro de cada partido. Finalmente, Londres entra el 1 de enero de 1973, junto con Irlanda y Dinamarca.

Desde el primer momento, sus socios le acusan de mantener una actitud distante y obstruccionista. Y se agrava la fractura en la opinión pública británica sobre los beneficios y las desventajas de la adhesión. El nuevo Gobierno laborista de Harold Wilson reclama de inmediato renegociar las condiciones de adhesión, como ahora ha pedido Cameron. Exige, en particular, reducir la aportación británica al presupuesto comunitario. Al igual que ocurre ahora, sus socios acceden a la mayoría de sus pretensiones para que Reino Unido se quede. El acuerdo se somete a referéndum el 5 de junio de 1975. Tanto Wilson como la nueva líder conservadora, Margaret Thatcher, piden el sí, que gana con el 67% de los votos.
Tras su llegada al poder, Thatcher relanza la campaña para disminuir la contribución de Reino Unido a las arcas comunitarias. Eran momentos en que el país atravesaba por una crisis económica, con un aumento del desempleo y continuas huelgas, y se disponía a aplicar un proceso de reformas con la privatización de muchas industrias estatales. Thatcher se queja de que Londres paga al presupuesto europeo más de lo que recibe. La mayor parte de las ayudas se destinan a los agricultores, lo que apenas beneficia a los británicos. En la cumbre de Dublín de noviembre de 1979, la primera ministra lanza a sus socios una de sus frases más famosas: “¡Quiero que me devuelvan mi dinero!”.

Las reivindicaciones de Thatcher abren una crisis de cinco años en la Comunidad Europea de constantes enfrentamientos entre Reino Unido y Francia y Alemania. El conflicto no se resolverá hasta la Cumbre de Fontainebleau, en junio de 1984. Allí, la primera ministra logra el famoso “cheque británico”, que sigue vigente, y convierte a los franceses y sobre todo a los alemanes en los principales contribuyentes netos al presupuesto comunitario. Thatcher entendía el mercado único como una herramienta económica, pero no quería cesión de soberanía política alguna.

El cheque británico será la primera de las derogaciones especiales que logra Reino Unido. A partir de aquí, Londres empieza a diseñarse su propia Europa a la carta y no participa en aquellas políticas que no le interesan. Durante la negociación del Tratado de Maastricht, firmado en 1992 y por el que se crea la Unión Europea, el entonces primer ministro John Major consigue una excepción para quedarse fuera del euro, a la que luego se sumará Dinamarca. Major obtuvo en Maastricht una cláusula de exención, denominada “opt-out”, por la que el Reino Unido no quedaba obligado a entrar en la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria (UEM) e implantar, por lo tanto, el euro. Son los dos únicos estados miembros (de los actuales Veintiocho) que no tienen la obligación de adoptar la moneda única.

Reino Unido e Irlanda son también los dos únicos países de la UE que se quedan fuera del espacio sin fronteras Schengen cuando éste se incorpora a la legislación comunitaria en el Tratado de Ámsterdam de 1997, y eso que ya había llegado al poder el laborista Tony Blair, uno de los primeros ministros más pro-europeos. Londres tampoco participa en las políticas de Justicia e Interior, junto con Irlanda y Dinamarca, y logra una derogación para la Carta de Derechos Fundamentales, incluida en el Tratado de Lisboa de 2007.

El último episodio en el camino hacia el Brexit se inicia en enero de 2013 con un discurso del actual primer ministro británico, David Cameron, cediendo a las exigencias de los euroescépticos conservadores, decidió finalmente comprometerse a celebrar un referéndum después de las elecciones de 2015 sobre la pertenencia a la Unión, en el que el país deberá decidir si “se queda o sale” del bloque europeo. La crisis de deuda ha aumentado la desconfianza británica hacia la UE y el sector euroescéptico del partido conservador consiguieron presionar a Cameron.

Ahora, la victoria del “leave”, del “brexit”, es sólo el comienzo de un complejísimo e incierto periodo de triple negociación consecutiva: la salida, el nuevo marco de relación con Europa y los acuerdos con terceros. Pero no todo está perdido para la Unión Europea, esta crisis puede ser una gran oportunidad para avanzar en la integración.


Fuentes:


José Carlos Márquez Alcolea
Colaborador del Instituto Robert Schuman de Estudios Europeos

 

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